Hay algo profundamente conmovedor en la imagen del alfarero y el barro. El profeta Jeremías fue enviado a la casa del alfarero por mandato de Dios — no para ver cerámica, sino para recibir una revelación.
La vasija se echó a perder. El barro no respondió como el alfarero quería. Y sin embargo, el alfarero no tiró el barro. Lo volvió a tomar con sus manos y comenzó de nuevo.
Esa es la imagen que Dios usa para describirnos su relación con nosotros. Somos barro en las manos del Alfarero celestial. Y cuando nos “echamos a perder” — por el pecado, por el dolor, por nuestros propios errores — Él no nos desecha. Nos vuelve a trabajar.
Hoy quiero animarte con esta verdad: si sientes que tu vida no salió como debía, si sientes que el barro de tu historia está desforme, pon tus manos abiertas ante el Señor. Deja que el Alfarero te tome de nuevo.
“Levántate y desciende a la casa del alfarero, y allí te haré oír mis palabras.” — Jeremías 18:2